jueves, 30 de abril de 2009

SOBRE LA TRADUCCIÓN...


Ser “la lengua” era una enorme responsabilidad. No quería errar, no quería equivocarse y no veía cómo no hacerlo, pues era muy difícil traducir de una lengua a otra conceptos complicados. Ella sentía que cada vez que pronunciaba una palabra uno viajaba en la memoria de cientos de generaciones atrás. Cuando uno nombraba a Ometéotl, el creador de la dualidad Ometecihtli y Omecíhuatl, el principio masculino y femenino, uno se instalaba en el momento mismo de la Creación. Ése era el poder de la palabra hablada.
Luego entonces, ¿cómo encerrar en una sola palabra a Ometéotl, el que no tiene forma, el señor que no nace, no muere, a quien el agua no lo puede mojar, el fuego no lo puede quemar, el viento no lo puede mover de lugar y la tierra no lo puede cubrir? Imposible. Lo mismo parecía sucederle a Cortés, quien no lograba hacerla entender ciertos conceptos de su religión. El día en que Malinalli le preguntó cuál era el nombre de la esposa de su dios, Cortés respondió:
- Dios no tiene esposa.
- No puede ser.
-¿Por qué no?
- Porque sin vientre, sin oscuridad, no puede surgir la luz, la vida. Es en lo más profundo que la madre tierra produce las piedras preciosas, y es en la oscuridad del vientre donde toman forma humana los hombres y los dioses. Sin vientre no hay dios.
Cortés miró a Malinalli fijamente y vio en el abismo de sus ojos la luz. Fue un momento de intensa conexión entre ellos; sin embargo, Cortés cambió de rumbo su mirada, se desconectó bruscamente de ella pues le dio miedo esa sensación de complicidad, de pertenencia, y enseguida intentó dar por terminada la conversación entre ellos, pues aparte de todo, le parecía muy extraño hablar de cuestiones religiosas con ella. A fin de cuentas, no era más que una india a su servicio.

Malinche (Laura Esquivel)

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